"No olvidé,
será por eso que aunque yo rezo
no creo en el perdón
Sí en el destino que nos arrimó"
A vos amigo / Almafuerte
Allá por el 2001 no teníamos un GPS en cada bolsillo como ahora, así que Pablo me había dado indicaciones detalladas para llegar a su cumpleaños. No es que nunca antes hubiera salido de Vicente Lopez, pero Haedo era un punto lejano e inexplorado en mi mapa.
Nos conocimos a la fuerza unos meses antes cuando fusionaron las dos divisiones de cuarto año, sumando en conjunto treinta chabones y cuatro pobres pibas que ya habian generado bastantes anticuerpos a esa altura. Nunca se terminó de borrar la línea entre “los del A” y “los del B”, pero algunos empezamos a mezclarnos. En mi caso, porque fui viendo que casi toda la gente a la que le gustaba el rock o leía sin obligación se había criado del otro lado de la frontera en la que me había puesto el orden alfabético. Gente con la que ya nos veníamos juntando en terreno neutral, pero con la que por primera vez iba a estar jugando muy de visitante porque además iban a estar sus amigos del barrio. Me sentía como esos gorilas nacidos en cautiverio cuando los llevan a la selva. Y con las habilidades sociales de uno, además.
El primer tramo del recorrido fue fácil, no había forma de pasarse. Primero esperé media hora junto a la autopista cerca de casa; después viajé 45 minutos hasta que el chofer abrió la puerta del colectivo en Liniers y se bajó al trote sin esperar a que sus pasajeros se fueran.
Apoyé la mochila en la vereda y revisé el estado de las correas. Por el momento se estaba bancando el peso, pero la pobre estaba pensada para llevar un par de cuadernos y no dos litros de cerveza fría en envase de vidrio. Las costuras se veían estiradas y la tela era bastante finita, no podía frenar la humedad de las botellas. "Es por el punto de rocío", nos iba a enseñar el padre de Pablo al año siguiente, cuando un profesor lo llevó de orador invitado a dar una clase sobre losa radiante. “También conocido como Efecto Birra”, agregó don Julio mientras aparecía proyectada en la pared una foto gigante de ese mismo cumpleaños que estaba por empezar. Ni el más burro se olvidó más de lo que pasa cuando el agua microscópica que flota en el aire caliente toca algo frio.
Liniers se me hizo bastante menos poblado de lo que había imaginado. Muchos puestos y locales estaban cerrados y los que funcionaban no tenían a quién venderle. Esperaba otra cosa un sábado dos dias entes de navidad.
Quedaba un bar abierto en uno de los costados de la estación, donde varios hombres de camisa celeste estaban acodados en una barra. Había una TV de tubo apoyada en el mueble detrás del mostrador justo frente a ellos. Por el desorden de cosas amontonados a un costado, era claro que le habían hecho espacio en un lugar donde no solía estar. Comentaban en voz baja las imágenes que el noticiero llevaba varios días repitiendo en bucle. Lo vi al chofer que me había llevado sentado en la única mesa ocupada, discutiendo con otros dos. Uno tenía el logo de un sindicato en la gorra y miraba el fondo de un pocillo vacío mientras el otro gesticulaba exaltado.
Yo no miraba tele pero sabía que en esos días mi viejo se había quedado en casa pegado al noticiero en vez de ir a trabajar con su taxi al centro. Estaba muy en la mía como para preguntar por qué, si no era nuevo que hubiera manifestaciones todos los dias.
No me quedé a escuchar un poco del noticiero para sacarme la duda de si seguía el estado de sitio o de quien era el presidente al que teníamos que putear desde que De la Rúa se había tomado el helicóptero. Creo que nadie lo sabía y eso era lo que generaba una calma confusa. Se sentía como una tregua de unos días antes de que se pudriera otra vez.
Seguí las instrucciones que había memorizado aunque las tuviera anotadas en el único papel que había en mi billetera. Con un puñado de monedas me tenía que alcanzar para ir a la fiesta y volver a casa. Por consejo de Pablo, escondí mi cara de turista lo mejor que pude y busqué por donde cruzar las vías para encontrar avenida Rivadavia. Sabía que se estaba burlando de mí cuando dijo eso, nunca perdió oportunidad de recordarme que yo era rubio y de ese conurbano falso que es zona norte. Un semiporteño. Casi nunca lo tomé a mal ni le recordé que el hijo de dos universitarios era él, no yo.
El tramo final del viaje fue un poco más estresante. No había nombres de calles ni alturas en las instrucciones porque ninguna de las esquinas tenía carteles. Había que guiarse por el paisaje y se estaba poniendo oscuro. Conté cada puente, plaza y avenida que cruzaba con el colectivo, pero la referencia principal era estar atento a la aparición de la parrilla de Don Goyo. Su cartel enorme era el hito barrial desde donde se miden las distancias y se inician los recorridos incluso varios años después de que se fundiera. Pero por entonces todavía su neón se veía a varias cuadras y desde ahí pude llegar caminando sin mayores problemas al portón de chapa del taller donde vivía mi amigo. Le di un par de piñas para que me escuchara desde el fondo y esperé, sin saber si había logrado hacer más ruido que el disco de Maiden que se escuchaba desde la vereda. Estaba por probar de nuevo pero se abrió la puertita por la que apenas cabía y me recibió con uno de esos abrazos que solo saben dar los metaleros. Sonreía de oreja.
"No va a venir nadie, pero no tenía sentido suspender. Ya había comprado las hamburguesas" me dijo con algo de resignación mientras pasábamos al lado de la parrilla, atendida por don Julio. Ya de por sí los porteños reales no solían estar dispuestos a enfrentar el viaje y el estado de sitio les había dado una buena excusa.
"Pero lo bueno es que hay más para nosotros", agregó mientras metía mis botellas en uno de los barriles con hielo que había preparado y del fondo sacaba otra, escarchada.
Pablo acertó con el pronóstico: de “los del B” no fue nadie y de todos esos de “los del A” con los que temía cruzarme sólo aparecieron tres, contando a la que nos gustaba a todos pero no le daba bola a ninguno. Con un poquito orgullo, tome nota mental de que éramos todos del norte. Con nada de orgullo también anoté que eramos dos de treinta y dos de cuatro, una proporción humillante.
Los que no tuvieron excusa fueron los amigos del barrio, un colorido rejunte que iba desde un fan de los videojuegos que juraba que a su primer hijo lo iba a llamar Jorge Rafael hasta un gótico recién separado fascinado por tener gente nueva que no hubiera escuchado su historia una docena de veces y sobretodo que no le recordara a cada rato que se supone que a los vampiros les crecen los colmillos, no los cuernos. Ella tampoco le dio bola a él, pero fue divertido verlo esforzarse muchísimo por lograrlo.
Dos días antes había batalla campal en la Plaza; esa noche nosotros jugábamos a cenar en nuestro Valhalla. Vaciamos vaso tras vaso entre risas, discusiones y cantos alrededor de una mesa de tablones preparada para veinticinco pero que sólo recibió a diez. A su lado se forjaron alianzas que duraron varios años, hasta que de a poco las vidas nos fueron marcando caminos que se cruzaban cada vez menos seguido.
Al amanecer Pablo salió a buscar facturas para premiar el aguante de los cuatro que quedábamos. Los que vivían cerca dormían hacía rato en sus casas. Las bajamos con más cerveza hasta el mediodía, cuando antes de irnos quisimos juntar todas las botellas vacías sobre la mesa. Contamos cuarenta y cinco; no estamos seguros de que fueran todas.
Don Julio fue el encargado de retratar el momento con su cámara, sin saber todavía que esa foto le iba a ser muy útil unos meses más tarde para que todo el curso entendiera algo básico de termomecánica.