Nunca tuve mascotas pero más de una vez escuché historias sobre el componente mágico de los gatos; seres que se supone que viven deslizándose por la frontera entre planos de la realidad y viendo cosas que nosotros no vemos. También sé de gente que afirma que son los gatos quienes adoptan humanos, a veces para ayudarlos. Selina me lo decía cada vez que en la calle saludaba a alguno.
Supongo que por eso me reí cuando aquella noche mientras salía apresuradamente para alcanzar al camión de la basura con una bolsa chorreante en la mano y casi tropiezo con una pequeña gata que apareció desde abajo de un auto maullando insistentemente
El camión se fue y yo seguía con la bolsa en la mano, mirando como el animal se frotaba contra mis tobillos con una mancha negra de grasa en el lomo completamente blanco. Una vez pasada la sorpresa la invité a entrar y le ofrecí comida, que claramente le estaba haciendo falta.
Primero desconfió, pero el platito de atún en la puerta fue demasiado tentador y me reí cuando reclamó más metiéndose a la cocina. No me reía de su hambre ni de su necesidad de refugio, es que esa misma mañana al volver de un viaje y encontrar rastros de la visita de un rata en mi cocina sólo atiné a bromear en voz alta con que estaba necesitando un gato. Y eso que en ese momento no recorde que la lata de atún que abrí la había encontrado de oferta esa misma tarde después de meses en que estuvo a un precio ridículo. Cualquiera sabe que les enloquece el atún, pero con ese número decidí que lo iba a guardar como premio.
Pero esa primera noche, mientras la miraba dejar limpito el plato con la lengua sólo podía imaginar a la voz de Selina repitiendome que si apareció en mi puerta es porque la necesitaba. Estoy seguro de que fue por eso que acepté que se quede, no creo que le hubiera abierto la puerta de no ser por todas las historias que ella me había contado para enseñarme a entender a estas criaturas que juegan con sus propias reglas. Tanto me enseñó del tema que solo yo la llamo con ese nombre, un pequeño chiste que me pareció más que apropiado después de verla comunicarse con varios gatos callejeros como si hablaran la misma lengua. Entre sus historias y Google fui aprendiendo a entenderme con la inquilina, que demoraba en cumplir su parte del trato. Más de una vez me burlé de Selina al respecto, diciéndole que me había engañado con eso de que vino porque la necesitaba porque resultó que la recién llegada era cariñosa y alegre pero bastante ineficiente en el control de la población roedora. Hasta casi resulta herida queriendo comerse el queso de una ratonera, pero salió disparada por el ruido y aprendió que no debía tocar ese aparato. Al cuarto intento, al menos. Una decepción, después de todo en la primer semana no había dejado ni el pico de un gorrión para dejarme bien en claro que si yo no le proveía comida, ella se la iba a conseguir por sus medios. Ese mismo día le aumenté la ración y le colgué un cascabel en el collar, por las dudas.
Al sexto mes ya estaba tan acomodada que sólo le faltaba tener las llaves de la puerta y fue por esa época que yo pasé un par de días sin encontrar las fuerzas para salir de la cama por la mañana, viendo como la angustia se me iba apilando al lado del trabajo atrasado pero sin poder hacer nada al respecto más que volver a taparme con las mantas y prender la TV para que me distraiga. Estaba con la mirada en la pantalla sin prestarle verdadera atención cuando un tenue tintineo se acercó por el pasillo. Aunque sabía que era ella, no pude verla hasta que pegó un salto y aterrizó junto a mis pies. En general a esa hora suele estar en duelo de miradas con la vecina o tomando sol sobre la medianera, justamente un lugar que la vecina considera su territorio y desata la enemistad. Ese día en cambio se acercó con paso tranquilo y haciéndose la distraída hasta que su nariz estuvo casi en mi axila. Recién ahí me miró fijo a los ojos durante un par de segundos y se echó a mi lado, con la cabeza descansando sobre mi pecho y a la distancia justa para que apenas tuviera que mover mi mano para frotarle el cuello. No sé cuál será la explicación científica para el ronroneo, preferí no investigarla. Me alcanza con saber que sentir su vibración contra mi pecho hizo que en un rato el único peso que me lo oprimía fuera el de su cabecita.
Esa tarde, mientras batía mi record quincenal de horas continuas de trabajo anoté en un post-it, para no olvidarme: “Agradecer a Selina”. De comprar atún sabía que me iba acordar.